Capítulo 1: La mirada del horizonte

El aire en el puerto de Qart Hadasht olía a sal, a resina fresca y al humo de las hogueras de pescado. Desde lo alto del Palacio de Asdrúbal, en la colina más elevada de la ciudad, el mar Mediterráneo parecía una lámina de metal bruñido bajo el sol blanco de la tarde.

​Aníbal Barca no contemplaba la belleza del paisaje. Miraba la línea del horizonte, allí donde el mar se encontraba con el cielo, sabiendo que al otro lado, tras una travesía de varios días, la sombra de Roma no dejaba de crecer.

Aníbal contempla el horizonte desde Qart Hadasht, con la sombra de Roma presente en sus pensamientos.

​Tenía veintiséis años. Sus hombres lo respetaban porque no pedía a nadie un esfuerzo que él no estuviera dispuesto a hacer primero. Vestía una túnica sencilla de lino bajo una coraza de bronce bruñido que le cruzaba el pecho, y su mirada, fija y analítica, rara vez revelaba lo que bullía en su cabeza. Hacía solo unas semanas que los soldados lo habían aclamado como su nuevo general tras el asesinato de su cuñado Asdrúbal el Bello. Pero la gloria traía consigo una carga aplastante.

​—Las arcas de la ciudad están a la mitad, mi general —dijo una voz a sus espaldas.

​Aníbal no se giró. Conocía bien los pasos firmes y pesados de Maharbal, el comandante de su caballería númida y uno de los pocos hombres a los que permitía hablar con franqueza.

​—Las minas de Qart Hadasht y de Cástulo siguen produciendo plata, Maharbal —respondió Aníbal con voz pausada.

​—No la suficiente. Para equipar al ejército que quieres formar, para pagar a los mercenarios íberos y celtas, y para asegurar la lealtad de las tribus de la península, necesitamos el triple de lo que sacamos del suelo. Si exigimos más tributos, las tribus se rebelarán. Y si Roma descubre que estamos acumulando demasiado oro, enviará a sus legados antes de que estemos listos.

​Aníbal se giró despacio. Se apoyó en la barandilla de piedra del palacio y miró a su comandante.

​—Roma cree que conoce todos nuestros movimientos. Sus espías patrullan nuestros puertos. Cuentan los barcos que entran y salen de Gadir y de aquí. Creen que el mundo termina en las Columnas de Melkart, allí donde el Atlántico engulle a las naves insensatas.

​—¿Y no es así? —preguntó Maharbal arrugando el entrecejo—. El gran océano no es lugar para barcos. Ningún hombre cuerdo navega más allá de la vista de la costa.

​—Salvo que sepa exactamente a dónde va.

​Aníbal hizo un gesto con la mano a un guardia que aguardaba junto a las puertas de bronce del salón principal.

​—Diles que pasen.

​Las puertas se abrieron con un gemido sordo. Por ellas avanzaron dos figuras que no podían ser más distintas entre sí, representando las dos fuerzas que Aníbal pretendía unir para su plan.

​El primero era un hombre alto, enjuto y de piel curtida como el cuero viejo, con la cabeza completamente afeitada y vistiendo una túnica de lino blanco finísimo, limpia de todo adorno. Se llamaba Senen, un sabio y astrónomo egipcio que había huido de las turbulencias de Alejandría meses atrás cargando solo con un arcón de cedro sellado con cera.

​El segundo caminaba con el paso elástico y silencioso de los cazadores de la montaña. Era Baelo, un veterano guerrero de los mastia —la tribu íbera que habitaba las tierras que rodeaban la propia Qart Hadasht—. Llevaba el pelo recogido en una coleta trasera, una capa corta de lana oscura sobre los hombros y, al costado, la empuñadura de hierro de su falcata, la espada curva cuya sola mención hacía temblar a los reclutas romanos.

​Senen inclinó la cabeza con respeto formal. Baelo simplemente se detuvo a tres pasos de Aníbal, sosteniéndole la mirada con la mezcla de orgullo y devoción propia de los íberos que habían jurado el pacto sagrado de la devotio: dar la vida por su líder si la batalla lo exigía.

​—Mi general —dijo Senen con un acento suave, arrastrando las esdrújulas—. El material está preparado.

​El egipcio extrajo de su túnica un rollo de papiro grueso, casi amarillento por el tiempo, cubierto de líneas intrincadas, mapas estelares y una escritura angular que Maharbal no supo identificar.

​—Este es el diario de a bordo de la expedición fenicia que rodeó el gran continente del sur bajo el mando del faraón Necho —explicó el egipcio, desplegando el mapa sobre una mesa de madera de pino—. Pero no es eso lo que os interesa. Mirad aquí.

​Senen señaló con un dedo largo y huesudo una serie de marcaciones en el margen del documento.

​—Hace más de cien años, una flotilla comercial de Gadir se vio envuelta en una tempestad atlántica al sur de las Columnas. Fue arrastrada durante veintiún días por una corriente constante que corre hacia el oeste como un río invisible en mitad del mar. No perecieron. Llegaron a una cadena de islas verdes y, más allá, a una masa de tierra tan extensa que los capitanes creyeron haber alcanzado el límite del mundo. Volvieron solo tres hombres. El Senado de Cartago ordenó ocultar los mapas y ejecutar a los marineros para evitar que los griegos o los fenicios rivales conocieran la ruta.

​Maharbal dejó escapar un resoplido de escepticismo.

​—Cuentos de viejos marineros para justificar la pérdida de sus barcos.

​—Los egipcios no registran cuentos, comandante —intervino Baelo por primera vez. Su voz era grave, áspera como la piedra de la sierra—. Mi abuelo contaba la misma historia. Hablaba de la Tierra del Sol Poniente. Decía que de allí venían las grandes corrientes que a veces traen maderas extrañas y frutos gigantescos a las playas de Gadir. Mis hombres conocen el mar de las costas; no le tenemos miedo a las olas, pero sí a la traición.

​Aníbal avanzó hacia la mesa y puso la mano derecha sobre el papiro.

​—No es un cuento, Maharbal —dijo Aníbal, mirando fijamente a su comandante de caballería—. Es la única salida. Si intento conquistar el resto de la península ibérica por la fuerza para pagarme la guerra, tardaré diez años y Roma nos aplastará antes. Si cruzamos las tierras de los celtas hacia el norte, necesitamos dinero para comprar a sus jefes. Ese dinero está al otro lado del océano.

​Senen sonrió levemente, dejando ver unos dientes desgastados.

​—Las estrellas que guían esa corriente no cambian, general. Las posiciones están calculadas. Con las velas adecuadas y en la estación correcta del año, la propia corriente empuja a las naves sin necesidad de remar. En un mes de navegación, esas tierras ignoradas estarán a la vista.

​Aníbal miró a Baelo.

​—Necesito ochenta de tus mejores hombres, Baelo. No soldados comunes. Cazadores, rastreadores, hombres que sepan sobrevivir en bosques donde nadie ha pisado jamás y que sepan manejar la falcata si nos encontramos con nativos hostiles. Hombres que juren sobre el acero no decir una palabra de esto a sus familias.

​Baelo se golpeó el pecho con el puño cerrado.

​—Los mastia y los oetanos que están bajo mi mando responderán. Si tú lo pides, Aníbal, irán al fin de la tierra o al mismísimo inframundo. Pero los hombres querrán saber quién manda a bordo. Un barco cartaginés lleno de íberos y guiado por un extranjero de Alejandría es una mezcla peligrosa en mitad de la nada.

​—A bordo mandará la necesidad —sentenció Aníbal con frialdad—. Y la lealtad a Cartago.

​Aníbal metió la mano en la bolsa de cuero que llevaba al cinturón y sacó una moneda pesada. No era de plata ni de bronce, sino de un oro purísimo y brillante. En una cara estaba troquelado el rostro severo de Tanit, la diosa protectora de Cartago. En la otra cara no había la imagen habitual de un caballo o un elefante, sino una serie de puntos y líneas que imitaban la constelación que Senen había marcado en el papiro.

​Le entregó la moneda a Baelo.

Moneda de Tanit sobre mapa antiguo
El diario de a bordo fenicio y la moneda de oro grabada con la ruta secreta del Atlántico.

​—Esta es la prueba. Cada hombre que embarque recibirá diez como esta al partir, y cien más cuando volváis con los barcos cargados. Pero escúchame bien, Baelo: si Roma llega a saber de la existencia de este viaje, si un solo espía romano en Qart Hadasht sospecha que estamos construyendo naves de gran calado en Gadir, no habrá oro ni patria a la que regresar. Os cazaré yo mismo.

​Baelo apretó la moneda de oro en el puño hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

​—Nadie hablará.

Baelo, veterano de los mastia, portador del acero íbero para la expedición.

—Bien —dijo Aníbal, dándose la vuelta de nuevo hacia el ventanal—. Salís hacia Gadir mañana al despuntar el alba, por los caminos del interior para evitar las patrullas costeras. La flota secreta debe estar lista para zarpar antes de que caiga la primera luna llena de otoño.

​Senen y Baelo inclinaron la cabeza y se retiraron en silencio. Las puertas de bronce volvieron a cerrarse, dejando a Aníbal y a Maharbal solos en la sala.

​Maharbal se acercó a su general, observando la ciudad que empezaba a encender sus primeras antorchas abajo en los muelles.

​—Es un juego muy peligroso, Aníbal. Estás enviando a nuestros mejores hombres y los pocos recursos que nos quedan a una misión a ciegas. Si la flota se hunde en el mar, habrás tirado la mitad de tu futuro.

​Aníbal contempló el punto exacto donde el sol empezaba a hundirse en el agua, tiñendo el horizonte de un rojo intenso, como la sangre recién vertida.

​—El futuro de Cartago ya está condenado si nos quedamos aquí parados esperando a que Roma decida atacarnos, Maharbal —murmuró Aníbal sin apartar la mirada del poniente—. Al otro lado de ese mar no solo hay oro. Hay un continente entero esperando a ser tomado. Y será nuestro antes de que los romanos sepan siquiera que existe.


Una historia original ideada por Martín Vicente Lozano / El Imperio del Poniente.

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